CÓMO UN BUEN JUEGO ES, AL MISMO TIEMPO, UNA MALA SECUELA

The Creative Assembly publicó en el año 2013 un juego incompleto, repleto de errores y, aun peor, con una pobre optimización. Me refiero, en efecto, a “Total War – Rome 2”. Desde el día de su lanzamiento ha pasado mucho tiempo e innumerables cosas ocurrieron: quejas, una gran cantidad de parches, cambios en el diseño del juego, DLC (algunos innecesarios) y una actualización que por fin lo haría jugable. Es innegable que The Creative Assembly hizo todo lo que pudo por enmendar sus errores con esta entrega de su franquicia, pero falló, a la hora de la verdad, en hacer que Rome 2 sea mejor que el original.

Las palabras clave aquí son dos: carisma e identidad. “Rome: Total War”, el original, expulsaba carisma por todos lados y su identidad era patente con tan sólo dedicarle unas pocas horas; cosa que se debe, en parte, al excelente doblaje al castellano que tuvo. ¿Quién no recuerda, a día de hoy, las voces de los agentes y generales de la familia? Esos discursos épicos al comienzo de cada batalla, algunos con claros tintes cómicos, otros con consejos para salir victorioso si se tenían las de perder. ¿Quién no recuerda la música? Un gran acierto el de volver a contar con Jeff Van Dyck; el mismo que, años después, volvería a lucirse para componer los temas de “Medieval 2: Total War”. ¿Y de los miembros de tu familia? Cada uno era diferente de otro, dependiendo de donde haya crecido, si fue educado para la política o la guerra.


En Rome 2 podremos ponernos históricamente correctos y hacer cosas como esta.

En cambio, por mucho que me cueste admitirlo, Rome 2 carece de ambas características. Sí, sus batallas son geniales y se ven muy bien, pero le falta… le falta “alma”, por no existir una palabra mejor para este caso. Aunque el juego no venga totalmente al castellano (sólo textos, ninguna de las voces tiene doblaje excepto la del consejero), los discursos están ahí, pero apenas tiene relevancia; de hecho, sin ir más lejos, uno podría ni llegar a enterarse de que están las arengas.

En cuanto a la música, lo lamento por Richard Beddow (quien haría un trabajo muchísimo más destacable en Total War: Attila), pero esta pasa sin pena ni gloria. Las únicas composiciones que obtienen el aprobado, a mi parecer, son tres: la del menú principal, Ramming Speed y By Land and Sea. Pero aún peor son los miembros de tu familia. Con ellos no puedes encariñarte, no sientes el temor de perderlos debido a la edad y el pasar de los turnos. Despersonalizados al extremo, son nada más que instrumentos para tus propósitos conquistadores. Aunque esto se solucionó, en parte, con la “Actualización Ancestral” (que añadía devuelta los árboles familiares), este problema persiste aún hoy.


La canción del menú principal es una de las pocas composiciones destacables que se hicieron para Rome 2. Debimos esperar dos años para recibir una estupenda banda sonora con Total War: Attila.

Aunque los problemas abundan en Rome 2, tanto los de diseño como los técnicos, no todo, sin lugar a dudas, es malo. Como mencioné más arriba, es divertido y se ve muy bien. Si la batalla no es muy complicada, uno puede hacer zoom hasta las tropas para ver cómo se enfrentan entre ellas; cualquier aficionado a la historia antigua puede llegar a deleitarse con las capturas que puede llegar a sacar de esos momentos. La interfaz y la gestión, aunque a mi gusto está muy simplificada, es intuitiva y con unas pocas horas cualquiera puede llegar a entenderla a la perfección.

Si hay algo que no se le puede negar a Rome 2 eso es la diplomacia. Con respecto a la del original, esta es un gran acierto. Aquí sí que importa a la hora de hacer tratados comerciales o alianzas defensivas/militares, pues no sólo tu reputación se verá afectada por las traiciones que cometas (o no) a la largo de la campaña, sino que tu cultura y expansionismo también influirá en las acciones de tus enemigos y aliados. Unos no confiarán en ti y, aunque les ofrezcas todo tu oro, te rechazarán; otros te recibirán con los brazos abiertos siempre y cuando no te vean como una potencial amenaza.


Despliegue de batalla en Total War: Rome 2.

Los DLC de Rome 2, aunque son muchos, no todos valen la pena. Siempre lo he dicho: sólo las campañas son las que merecen ser compradas; no sólo porque su compra está justificada, al ofrecer (en algunos) un mapa totalmente diferente, sino también por sus unidades. Otros de los DLC, hay que decirlo, son muy abusivos (los que agregan más facciones jugables), pero no llegan al nivel tan sinvergüenza que Paradox ha tenido con sus usuarios, por ejemplo; sin contar, claro, el odiado pack de “Blood & Gore”.

Aun así, pese a todo lo malo que he dicho, recomiendo mucho “Total War: Rome 2”, pues, al menos en su versión base, puede concederle a cualquier persona cientos de horas sin siquiera pensar en comprar algunos de los dlc´s. Ahora que ha enmendado varios de sus más grandes errores, es tiempo de darle una oportunidad.

Redaccion

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